martes, 7 de abril de 2015

Despierto envuelta en un enorme calcetín de vagabundo. Oigo gemidos y pienso que el vecino adicto al porno vive en otro edificio. Vacilo y me desoriento por unos minutos, pero luego recuerdo que el sexo se practica en todos los edificios. El sonido se hace más fuerte o mi cabeza más despierta. Un robot masculino da indicaciones numéricas a la mujer real que gime. 

La mujer es mi hermana. 7 minutos en 7 meses se llama la aplicación: el gimnasio de los pobres de tiempo. 

6:30 AM y no puedo dormir. El calcetín devino en calzoncillo. El olor a cocos es insoportable y las mañanas de abril, por lo demás, muy tentadoras. 

Me ducho y luego como un pera en un día sin peras. Riego la planta occidental con una botella de litro y la planta oriental con el atomizador. El atomizador falla y aplico la violencia occidental pensando que un poco de excesos no le hace mal a nadie. Me aplico una crema hermosea cabellos, me seco el pelo, me pinto los labios e incluso me pongo rimel en las pestañas, jugando a ser una señora enmascarada a las 7 de la mañana. 

Salgo a la calle y me gusta el aire casi sureño. Con muy mal olfato y entrecerrando los ojos se puede engañar al alma un rato. Disfruto cruelmente saber que mi única ocupación por las próximas horas es encontrar un regalo para mi abuela. Recuerdo el comentario de una anciana a otra sobre el irresistible mall para la tercera edad que se forma a las afueras del Hospital del Salvador. Cruzo la vereda y le pregunto a una señora que vende camisas qué precio tienen.

- ¿Va a comprar o va a mirar nomás? - me dice.

-¿Cuál es la diferencia? - le digo.

Murmura a su izquierda y yo a su derecha le pregunto qué dijo, acercándome a su boca como única provocación.

- Que tiene una cara de no tener ni uno - , dispara, visiblemente más maquillada que yo. 

- Estoy viendo un regalo para mi abuela- , respondo con una tranquilidad salida de no sé dónde. 

Entonces mueve su trasero sin levantar de la silla y me pregunta qué talla tiene mi abuela. 

- No sé, L será-, respondo mientras ojeo, con la única certeza de que no compraré ni cagando. Recién ahí se para y me dice que cuestan de 5 a 6 mil pesos . 

El olor a polillas es gratis.  

- Esta es linda - me indica una intentando rehacer nuestra relación. Respondo con la cara más nada que tengo y le cuento que seguiré mirando.

-Mire nomás, mire nomás. 

Me voy con la sospecha de que aún huelo a calzoncillo de vagabundo. 




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