miércoles, 21 de enero de 2015

Defensa de la quena


Que alguien mal-dijera que tus cuatro notas quedan cortas
no te oyó cuando entre los cerros te prolongaste infinita.
Que nadie deja de oír cuando tu vuelo se expande
ubicándose en lo ubicuo.

Que nadie diga que poco puedes 
ante los ecos de occidente
que nada tienes que envidiarle a los sonidos de la cítara
que nada tienes que envidiarle a la cornamusa.

Musa del viento eres
Cuerno endiablado si te chillan entre paredes.
Quena,
que nadie se atreva a consolarte.

Habladurías del azar 

Roe la reo reacia
duele de líos feos
eco silen
te

Drena reo
el Lord



(8/11/13)
Florencia es una gata que se sabe hermosa. Pasa todo el día en el departamento de mi hermana. Mira por horas una polilla que revolotea sobre nosotras. Fijamente la mira e intenta estirarse para alcanzarla, pero no lo logra. Tampoco se desanima. Sigue observando. Alcanzando su mirada a los espacios desatendidos, como si esperara que de pronto el lugar se llenara de insectos voladores.
Rechazo a Aristóteles cuando sentencia que los animales son incapaces de tener experiencias estéticas, de disfrutar lo bello o sobrecogerse con el horror. Yo los he visto en actitud contemplativa. Pasan horas y ellos, inmutables, miran el día pasar. Espectadores de nosotros, los bufones que corren de un lugar a otro sin querer llegar a ningún lado, mientras ellos se relamen y cambian de posición sus cuerpos.

No, ya no creo que reflexionen. Sí que alguna vez lo hicieran, hasta que decidieron diferenciarse lo que más pudieran a nosotros, dejando la especulación para los histéricos.
Estaba regando cuando escupí con sangre sobre la tumba de mi gato. Yo no quería escupir con sangre sobre la tumba de mi gato. En verdad nunca fue mi gato, ni de nadie. Escupí con sangre sobre la tumba del gato que vivió conmigo. En verdad nunca vivió conmigo. Sólo se paseaba cerca mío, o yo me cruzaba en su camino.