miércoles, 21 de enero de 2015

Florencia es una gata que se sabe hermosa. Pasa todo el día en el departamento de mi hermana. Mira por horas una polilla que revolotea sobre nosotras. Fijamente la mira e intenta estirarse para alcanzarla, pero no lo logra. Tampoco se desanima. Sigue observando. Alcanzando su mirada a los espacios desatendidos, como si esperara que de pronto el lugar se llenara de insectos voladores.
Rechazo a Aristóteles cuando sentencia que los animales son incapaces de tener experiencias estéticas, de disfrutar lo bello o sobrecogerse con el horror. Yo los he visto en actitud contemplativa. Pasan horas y ellos, inmutables, miran el día pasar. Espectadores de nosotros, los bufones que corren de un lugar a otro sin querer llegar a ningún lado, mientras ellos se relamen y cambian de posición sus cuerpos.

No, ya no creo que reflexionen. Sí que alguna vez lo hicieran, hasta que decidieron diferenciarse lo que más pudieran a nosotros, dejando la especulación para los histéricos.

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