Florencia es una gata que se sabe hermosa. Pasa todo el día en el departamento de mi hermana. Mira por horas una polilla que revolotea sobre nosotras. Fijamente la mira e intenta estirarse para alcanzarla, pero no lo logra. Tampoco se desanima. Sigue observando. Alcanzando su mirada a los espacios desatendidos, como si esperara que de pronto el lugar se llenara de insectos voladores.
Rechazo a Aristóteles cuando sentencia que los animales son incapaces de tener experiencias estéticas, de disfrutar lo bello o sobrecogerse con el horror. Yo los he visto en actitud contemplativa. Pasan horas y ellos, inmutables, miran el día pasar. Espectadores de nosotros, los bufones que corren de un lugar a otro sin querer llegar a ningún lado, mientras ellos se relamen y cambian de posición sus cuerpos.
No, ya no creo que reflexionen. Sí que alguna vez lo hicieran, hasta que decidieron diferenciarse lo que más pudieran a nosotros, dejando la especulación para los histéricos.
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